Manos que abrigan

            Las luces del pasillo parpadeaban como un miope con los ojos resecos, Marvin no podía recordar cómo ni porqué estaba ahí. Giraba la cabeza hacia ambos lados del anchísimo pasillo del hospital que se perdía en la lejanía, y pensaba qué, si existía alguna emergencia, vería atletas antes que enfermeros.

            Estrujó sus pocas ideas para intentar encontrar una razón que explicara qué demonios hacía ahí sentado, en tan abandonado espacio, además de eso, recayó en el frío que le acogía cuando exhaló un suspiro que se alargó frente a él en forma de vapor. Como no daba con la más mínima gota de información, ni parecía haber nadie que le brindara un gesto de amistad se puso de pie, y se encaminó hacia lo que creía, era la salida cuando una enfermera le detuvo.

            —Señor, no se vaya, el doctor va a verlo ahora. —Estaba tras él sosteniendo una puerta—. Por aquí, Marvin —añadió.

            Repasó sus dientes con la punta de la lengua pensándoselo un poco, una parte de su cerebro le pedía que le siguiera, y sin mediar una idea mejor, decidió hacerle caso.

            Caminó guardando su espacio, dejándola escaparse por medio metro. Atravesaron un pasillo que jamás se olvidaría, con luces cada dos metros que dejaban espacios negros de ensueño para los males tangibles que desearan manifestarse en cualquier momento. Con ese frío mármol que le recordaba al congelador industrial de su tío gracias a la pintura celestial, por un momento pudo volver a esas épocas de carne pálida y rojiza que pendía de ganchos horrendos, y bien sabía que, de haberles hecho caso, la peste carnívora que alguna vez le volvió vegetariano le atacaría otra vez.

            De pronto ella se detuvo en seco y le señaló una puerta que no había visto antes. Extrañamente se giró sobre sí viendo lo que habían recorrido y lo que quedaba por recorrer del pasillo, descubriendo que no existía otra puerta además de esa.

            —Señorita —Carraspeó, tenía la garganta seca— ¿Doctor de qué?

            —Oh no haga chistes Marvin, después de todo usted lo llamó a estas horas.

            ¿Qué me está diciendo? ¿Yo? ¿Yo lo hice?

            —Es que últimamente vengo olvidándome de todo. —Sobreviviría el frio, al sueño de tres días y a cenar piedras antes de perder esa imaginación que mantenía las mentiras nutridas—. Y de verdad si…

            —Aquí es. —Señalo la apacible chica frente a la puerta.

            La sonrisa le daba más escalofríos que la helada que establecían sus memorias, encaró la puerta y leyó: «Especialista en…» la última palabra estaba borrada, como mi memoria. Como si la oficina hubiera sido el hijo de una pareja divorciada, y para no adelantarse a nada, le borraron la última palabra, para evitar problemas, especialista podía ser cualquiera. O quizá simplemente estaba así para molestar. Cuando Marvin quiso volver a interrogar a la enfermera se dio cuenta que ya no estaba, ni siquiera la escuchó moverse.

            Ayudándose con ambas manos se apoyó sobre el vidrio intentando espiar. Su doctor, para su sorpresa, abrió la puerta de su consultorio de golpe.

            —¿Impaciente Marvin? —Rio un poco por lo bajo.

            Marvin solo le miró.

            —Pasa, pasa. —No soltó el picaporte hasta que él pasó, y una vez ambos dentro, cerró con llave.

            El espacio era cálido, e irónicamente la idea del refrigerador volvió a él cuando se percató que eran casi de igual tamaño. En el fondo había una humilde camilla y cerca de la puerta estaba un escritorio de pino. Husmeando con la vista se topó con una curiosa foto en la pared. En ella posaba el doctor y otro hombre, de tez oscura casi tan negra como el espacio y con una barba enorme; ambos sonreían mientras sostenían un ciervo que colgaba de un gancho de metal.

            —¿Qué lo trae por aquí? —Inquirió, extrayéndolo de su pensar.

            —No sé.

            —¿Qué dijimos de los chistes Marvin? ¿Qué le pasa?

            —En serio, no lo sé.

            El doctor se mordió un labio reprimiendo una risa. Tal vez me odie.

            —siéntese en la camilla, pero sáquese el abrigo antes. —Se colocó el estetoscopio que colgaba de su cuello.

            —Permítame. —Apresuró una enfermera tras él tomándolo por debajo del abrigo, lo obligó a ceder de un tirón y cuando lo despojó de su buzo lo sentó de un empujón.

            ¿Qué? ¿De dónde salió?

            —Veamos. —Apoyó el estetoscopio en diversas zonas de su pecho, solo era un proceso de rutina—. Vaya.

            —¿Qué? ¿Qué pasa?

            —Malas noticias.

            Desvió la mirada hacia la enfermera y le hizo una seña afirmativa antes de mirar devuelta hacia Marvin.

            —¿Qué pasa? —Preguntó Marvin, ya intranquilo.

            La asistente se adelantó y con una fuerza desproporcionada le tomó por los hombros y lo obligó a acostarse con sus manos tibias, una segunda enfermera salió de quien sabe dónde, le levantó las piernas y se las retuvo sobre la camilla. Intentó rescatarse de tan descabellada situación, pero era inútil, apenas y pudo alzar el cuerpo unos segundos, de un empujón le redujeron otra vez sin problemas.

            Una tercera ayudante se arrimó por un costado con unas enormes tijeras abriéndolas y cerrándolas a la vista del desesperado Marvin que chilaba pidiendo clemencia. Ella le cortó la camisa de una sola pasada acariciándole la piel con esas tijeras congeladas; y otro par de manos emergieron por debajo de la camilla para retenerle por las muñecas.

            El doctor se ausentó y tras doce segundos volvió con un barbijo y sosteniendo un escarpelo a plena vista, no podría distinguirlo, pero sospechaba que debajo de esa tela, existía una enorme sonrisa.

            —Esto no dolerá Marvin. No debería.

            Cual carnicero empuñó el escarpelo y clavó todo el filo en el pecho del joven. Y como si fuera un serrucho lo fue hundiendo y retirando de su carne mientras que descendía hasta la ingle. Marvin retorció el cuello de modos que nunca imaginó que llegaría a hacerlo, el dolor le invadía en todo su ser, por más que quisiera no podía gritar, incluso en aquellos horrendos segundos no paraba de llegarle a su cabeza imágenes de tan sangrientos recuerdos.

            Un cuarto par de manos emergió y sostuvo el nuevo cráter que ahora existía en el torso de Marvin, obligándolo a mantenerse abierto. Si hubiera querido pudo haber visto sus tristes y rojas entrañas. El dolor se triplicó cuando su médico tuvo el atrevimiento de manosearlo también por dentro, rasguñándolo con sus manos peladas. Hurgaba como un pordiosero desesperado que no encuentra nada hace días, corriendo órganos para ver más allá, abriéndose paso con ambas manos y tanteando donde su vista no llegaba.

            —Aquí estás. —Comentó por fin.

            Tomó algo entre sus manos y empezó a tironear de él, fuera los que fuera parecía estar pegado en el fondo de él, y, además era enorme. Una mano le auxilió al médico para quitar del medio los intestinos que le obstruían el camino.

            Tras tanto forcejeo los ojos de Marvin vieron escapar las ensangrentadas manos del médico que ahora, cargaban un feto flácido, negro y cubierto de algo viscoso.

            —¿¡Que mierda!? —Vociferó antes de ladear su cabeza y vomitar.

            Y como si nada, su médico desapareció del consultorio cargando aquello entre sus brazos y con las enfermeras corriendo detrás, en algún lado de su mente le pareció escuchar cómo le canturreaba una canción de caza.

            Desorientado, se sentó sobre la camilla, bajó la vista para ver el hoyo que dividía su torso y como si se tratara de algo menor intentó bajarse para salir de ahí. Pero aquello era lo imposible, ni bien posó un pie sobre el suelo un trozo de intestino se le escapó y se balanceó al igual que él lo hizo antes de caer desmayado sobre el cadavérico piso helado.

            Eran apenas las cinco de la mañana cuando se levantó sobresaltado en su propia cama. ¿Qué carajos fue eso? Le llevó un poco de tiempo darse cuenta de que estaba en su departamento. Se paró lentamente y espió por la ventana que daba a la calle, ese paisaje madruguero de calles angostas y muertas le dejó completamente tranquilo.

            —¿Qué pasó? —Preguntó su novia metiendo la mano bajo su remera, acariciando esa añeja cicatriz que recorría verticalmente su abdomen—, ¿Malos sueños otra vez?

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