Absurdez

                El otro día estaba haciendo tiempo al lado de una capilla, o iglesia, —nunca supe identificar una de las dos, y de seguro algún ojo hábil que vea estas fotos y reconozca la zona, me señalará que era—. Sentado en la vereda, a la sombra que los árboles me daban, y me nacieron estas fotos.

                También pensaba en los dilemas que la vida trae, en un día a día de un corazón inerte. Con esas contorciones, saltos y giros que te dan en un solo día. Cambiándolo todo a último momento, como un indeciso antes de salir. Y me puse a escribir, salieron frases bellas, que después me obligué a consultar con la coordinadora del taller de escritura que, gracias a la vida, estuvo de acuerdo en darme una mano y después de unas correcciones me dejó una nota final, decía: “Un poeta enamorado es el peor poeta.” Me dejó K.O. Sin tocarme. Me sentí inservible al no poder recuperar esas letras sin quitarles tanto sentimentalismo propio antes; porque no estaban dirigidas a nadie, pero a la vez tenía marcas que se parecían a las de un corazón ajeno.

                Esas letras cavaron como una experiencia más, en la nada misma, destinadas a olvidarse. Por haberse manchadas sin yo quererlo. Dando otro giro más, con la despedida del rayo del sol, seguí pensando mientras retornaba mi camino a casa y caí en la cuenta de que no dedico las cosas, porque no quedan pruebas de que eso pase ya que, de hacerlo, elimino la última versión de lo que expresé, dejándolo todo el corazón en un mensaje que solo el receptor sabe qué hará con él. Lo dejará en el olvido, lo guardará, capaz nunca lo sepa. Y ya no podré repetirlo, porque es raro que el corazón repita, dejándolo así, en solo una experiencia vivida. Una frase de cariño dicha, el amor proclamado, o el desdén son cosas que deben recordarse, yo no quisiera volver a vivirlas una y otra vez hasta el cansancio. Bueno, tal vez, solo en mi memoria. Pero ya me estoy yendo.

                Les deseo buen día lectores. Cierro con una frase que me vi obligado a utilizar: “Es una absurdez guardar rencor por lo que un corazón siente”.

Sean felices, Aaron Konrat

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